Nadie sabe

Nadie sabe quién
acudirá a leer los versos que nos compusieron
en tiempos, quién recogerá los escombros de los ruinosos ritmos
que somos, e intentará comprendernos como don de sombra…
Nadie sabe quién
acudirá a la inmensa vanidad de querer decir algo
y por el sabor del descubrimiento velado, desgarrar con las palabras,
en un plano que su dinamismo corrompe;
y las imágenes, los cuadros,
las fotografías que en un juego de luz revelan
una profundidad que los signos carecen.
Nadie sabe quién
si el intercambio relacional de fuerzas que se oponen
se queda corto y retroalimentan con líneas óseas
y fugas sanguíneas.
Lo desperdigado entonces
quién lo recogerá
como un manojo de tierra
quién lo tirará sobre la fosa.

Mi delicadeza

Mi delicadeza tiene peste de años.
Lo noto en el ritmo de mi respiración en la montaña.

Un ataque localizado al corazón.
La sangre misteriosa del Edén.

Estoy perdido entre la superficie estriada
y el fuego de las infinitas formas que todo lo come…

Crecer es morir

Para nosotros, crecer es morir.
Hoy
dejo morir algo mío
en el desierto
y me pregunto,
…quiénes?
…qué?

La poesía le duele

La poesía le duele
¿por qué le duele tanto
la poesía…
La policía sospecha
¿por qué sospecha tanto
la policía…
¿qué tiene la poesía
que sospechan tanto de ella…
¿tiene armas
¿filo
¿viento
Lo que más le duele
de la poesía
es que no atisba al silencio
sino al aullido,
el aullido.
Lo más sospechoso
de la poesía
es que acciona
con el arte del silencio
el silencio.

El nadador - H.V.Temperley


Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y las de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arroyos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía al agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
tienen ruido de alas.

Estrellas

No silencian
su estertor de garganta
trepitosas de pulso
voraz como hongo en la posteridad
del destrozo y en barriada
sangre puñal agite
pintura pulcra de un reloj
epocal
y aullido de la superficie de las repti
líneas trans
figuraciones
venganzas con salitre
en el borde de su deirse
parásito punzante y calvicie ostentosa
en cadavéricas respuestas al servicio de los cuerpos
cayendo pantanosas
e inseguras en el baile de otros
mientras arrojan al fuego su existencia
parca pantalla insolada y refractaria
que absorbe ex
congregaciones
por la habladuría
y labio superior
de la boca de un mudo
famélicas como gargajo
tirabuzones insensatos
contra las alas de la pirámide
de luces subidas de precios
a los dromedarios que claudican
su entenado en la lámpara
y aspiran viento
del médano más mágico
que los territorios hayan atravesado
Osa mayor en el cielo
su similitud constelada
aplastamiento lleno de huecos
que se vuelven ventanas.

Los soñadores

El sueño espera en soledad
los encarnados fantasmas de otro.

Nosotros esperamos en el umbral
donde un poema no es una verdad.

Envueltos en sábanas

Estamos envueltos / en sábanas blancas
que no nos enfrascan / en ningún
lugar.

Me miras y te escondes / atrás
del pliegue mañanero / mientras yo
siento / la luz epidérmica. //                

Nadie vendrá a golpear la puerta / y eso
nos vuelve eternos. Entonces
nos contamos sueños
de ayer y mañana.
Los vicios y los miedos

entregados a la tierra / como cadáveres de un libro,   
somos polvo / con el tiempo.

Elefante en el desierto

Un elefante brama 
avasallando al silencio
con todo el peso de su trompa
y el cosmos se colma 
en un gran desierto
donde el abismo habla 
con deseos sagaces
mientras vivimos y morimos 
en un chasquido de dedos.

Todos los nosotros

Todos los nosotros alrededor
y lo mío lo tuyo muriendo.

Todas las conjunciones terminales
en la barrera de una coma inducida.

Todos los nosotros todos los nosotros
chocándose fundiéndose en lejanía.

Todas las cosas por todos los nosotros
siendo sin saber lo que ya no somos.

Todo fragmentos en agónico atropello
como animales en medio de la ruta.