Las bombas de estruendo vuelven a caer sobre la avenida. Nunca dejaron de caer las bombas, porque las pesadillas y los traumas tienen cosas en común, y los espasmos del estruendo son parte de sus efectos. A algunos les gusta ser propietarios de la velocidad y les molesta los cuerpos que vienen a interrumpir el flujo. Son las ruedas, sobre el cemento que tiene nombre y velocidad máxima, las que buscan en la inercia su giro. Transitan las calles en el rodar del sistema financiero, y por nuestros espacios públicos tiran las balas de desidia. Aquellos que se molestan porque no pueden circular libremente, no conocen el hambre de querer detener el mundo. Se viene el 9 de julio y está bueno recordar que no somos independientes aún. Hay hombres que manejan de manera impune, sus armas y funciones, y liberan el tránsito para que la rueda financiera siga andando. Hay otros que buscamos detener el mundo, para no repetir la fuerza del terror. Los amarres de la colonización, la disciplina y el control que operan sobre nosotros deben ser cortados en conjunto.
Niebla porteña
Una niebla inmensa avasalla al paisaje en Buenos Aires. El frío pisa fuerte entre las baldosas porteñas y a su lado, una ola de desinformación constante me perturba. Quiero amanecer con el tridente entre mis manos y salir a caminar por el infierno. Se está prendiendo fuego todo. ¿Es niebla o humo, gases o lluvia ácida? El apocalipsis cotidiano. El intentar renacer cada día, para no morir en el encierro. El mundo tiene puntos de influjo, huecos de saturación y líneas cósmicas, entrelazadas para nosotros como en una pintura barroca del siglo XXI. La estética de la pantalla es la desmesura de una boca que perpetúa su hambre de dolor. Lluvia y escupitajo no son lo mismo. No es una cuestión de la naturaleza. Es el imperio en su dimensión de ameba, avanzando por los aires, pegoteando en mi ventana el color gris. Y acá yo, en la cocina, intentando hacer de estas un trapo para limpiar la suciedad compartida.
Soliloquio desvelado
Es simple,
agarras una palabra
y la estrujas
como si fuera una fruta,
un trapo.
Es simple,
absorbes el jugo
la sangre
de las cosas
que dejan rastro
en el mundo.
Se llama
el placer.
Y en ese mismo encuentro
la palabra
se vuelve el punto
para entrar en contacto
con otra serie
de rastros
que no tienen forma
aún.
Horas desveladas 2
Seguimos
escribiendo porque estamos inconformes. No sólo con lo que dicen del mundo,
sino también con lo que nosotros hemos dicho. Cuando estamos conformes, nos
embriagamos y todo vuelve a comenzar. Pero no vivimos en un círculo, sino en un
espiral que larga el olor de algo que se está cocinando.
Nuestra
boca está embebida de la sustancia de un caldero de alquimistas que mezclan las
lenguas de los fantasmas, con la de los pueblos, los animales y los objetos del
mundo.
Horas desveladas
¿Qué se yo para qué escribimos poesía? Pero no podemos parar. Todos tenemos algo con lo que no podemos parar. ¿Será nuestra manera de respirar en la noche cerrada del mundo? ¿Será para no morir de dolor?
Horas desveladas, en que algunos duermen con la ventana abierta y sueñan mientras otros leemos líneas absurdas que intentan abrir la ventana del sueño en la vigilia.
Alacrán
Alguien
alacrán ha de llamarme
tierra difusa tierra perdida
extraña demencia
en la línea de su visión
mi sombra es
una parte de mí
y no soy yo
quien se pierde
en mil pedazos
entre el adoquinado verseado
de mi ciudad co-dolida
en perplejo
tiempo y cuchillo vasto
como quien se atreve a rajar
la distancia
con el paisaje
la otredad con
mayúscula sin máscara
revela en un canto al veneno silencioso.
Sur otoñal
escucho al corazón
de cristal
crepitar en las inmensidades
de un silencio insalvable
como una
vuelta de página
el aleteo de un pichón
saliendo del nido
una
llamarada se agita con el aire
del sur otoñal que acarrea
en el viento
la tormenta.
Liberarse
las cuerdas
retorciendo
flagelos de los pies
en el borde
del nudo mundo
de un precipicio
enquistados
caminos de lo antedicho
trémula voz
de un cacareo
que se infiltra en un sueño
olvida en
el arte
de la suspensión el coágulo
y viste
filtración de luz
en el
cuenco bebible del instante
los personajes son murallas
condescendientes
a la vigilia
aunque sumisos
al canto
nos dejó
el pájaro en la noche
y acá
con abismo
y conflicto
entre sus manos
le crecieron alas de Ginkgo
con la
ceniza del dolor
brotando
sin presión
sin mí
quien dice
dónde
dice cuándo
pero nunca quién
entramando la
fragilidad
de las
cosas perdidas
y por encontrar
como la
poesía
atina
al invisible nadie
volverlo
multitud.
Lombriz de tierra
como el
plomo de una caña
cae
la caída en
su cuerpo
vibra
el secreto
del fondo
envuelve
como una
hormiga reina
vive
acechada
por fantasmas
se
retuerce
Pájaro de fuego
Ser pájaro
de fuego
en ovillo de agua
cruzar las
alturas
de una niebla
la puerta encrucijada
del desierto
verse
vernáculo en verso
y desatar
a campo semántico
un ejército
parva
en boca de otro
ser
atmósfera en lo tardío
lo prematuro
huevo y
tumba
en su justa medida
punta de
flecha
dirigida al silencio
en aleteo de infierno
torrente del
tiempo.
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