Amigos

fértiles alas planean
sobrevolar esta cárcel de ciudad
para que ya no haya más realidad
que sacie lo deseado

reconociéndose en la locura
ya no conciben volver atrás

¿Qué de la casa anda suelto por ahí...

¿Qué de la casa
anda suelto
vagando
en las horas nocturnas
que no deja dormir
a mi niño…
El amor
corroído
con los años
no encuentra
lecho
donde depositar
su cuerpo
de transparente mano.
La distancia
se agiganta
sin la luz
ni la perspectiva
de la sombra.
Somos solitarios
como
las manchas
húmedas
o las heridas
del bajo fondo
de una ilustre existencia
en su apocalipsis.
Somos cajas resonantes
ovoides en el latido
de jeroglíficos
por venir.
Y así,
en la vivienda perpetua
de quien no haya silencio
más que la poesía
atisbo mi mano
para acariciar al ente
que aún ronda
por los rincones
para calmar su sed
y dormir
los dos juntos
como enamorados
en el vientre
o en el útero
de una piedra
que cae.

Somos en recuerdos

Somos en recuerdos
la sombra anónima
que deja la puerta
nadie entra ni se ha ido
realmente ido
de los cuartos
somos mutantes
donde escribimos
como un condenado
como un culpable
como un dios
como un mero hombre
a punto de morir en su amor
pero no nos cansamos endebles
como el sonido de una hoja
encendiéndose bólido
en el fuego luz
de una nada que se pierde
innominable tristeza
que volverá a lo verso
con el silencio del osario.

Inundado

Inundado en vástagos de cielo y lecho desierto
con la duermevela proliferante en imágenes
no logro conciliar el sueño
y una gran lámina moral me impide descansar
junto al calor y las horas despechadas
doy vueltas entreverado por la madeja de mi historia
extrañando y hurgando entre los tiempos
mis omoplatos son dos médanos sin fin
y mi única certeza es morir con la boca húmeda.

Papeles

Parque nacional Los Alerces

mi soñar
mi deambular diurno
mi despertar ensoñado
mi vagabundear entre las cosas
mi perderme
mi olvidar dónde estoy
mi pensar florido en fantasías
mi adentrarme
mi soltar la soga de la embarcación
para que se pierda mar adentro
entre las sombras
mi soplar el fuego
arder las ramas caídas
por la tormenta de antenoche
mi olvidar
mi sensación de ver fraguar las olas de la distancia
mi tiempo elongando acciones de lo que fuimos
mi superposición de figuras
mi ocio
mi amistad a la soledad del bosque
mi pretérito desperdigado en la carpa
mi extrañeza donde nadie alcanza
mi habladuría íntima
con la seductora locura rasgando el tono
mi versificación
mi modo de reír con el viento
mi veneno turbio verdor entre las aves
mi silencio intransmisible
mi cultura duelando
mi actualidad
mi remoto instante
mi letra
mi huella

Nadie sabe

Nadie sabe quién
acudirá a leer los versos que nos compusieron
en tiempos, quién recogerá los escombros de los ruinosos ritmos
que somos, e intentará comprendernos como don de sombra…
Nadie sabe quién
acudirá a la inmensa vanidad de querer decir algo
y por el sabor del descubrimiento velado, desgarrar con las palabras,
en un plano que su dinamismo corrompe;
y las imágenes, los cuadros,
las fotografías que en un juego de luz revelan
una profundidad que los signos carecen.
Nadie sabe quién
si el intercambio relacional de fuerzas que se oponen
se queda corto y retroalimentan con líneas óseas
y fugas sanguíneas.
Lo desperdigado entonces
quién lo recogerá
como un manojo de tierra
quién lo tirará sobre la fosa.

Mi delicadeza

Mi delicadeza tiene peste de años.
Lo noto en el ritmo de mi respiración en la montaña.

Un ataque localizado al corazón.
La sangre misteriosa del Edén.

Estoy perdido entre la superficie estriada
y el fuego de las infinitas formas que todo lo come…

Crecer es morir

Para nosotros, crecer es morir.
Hoy
dejo morir algo mío
en el desierto
y me pregunto,
…quiénes?
…qué?

La poesía le duele

La poesía le duele
¿por qué le duele tanto
la poesía…
La policía sospecha
¿por qué sospecha tanto
la policía…
¿qué tiene la poesía
que sospechan tanto de ella…
¿tiene armas
¿filo
¿viento
Lo que más le duele
de la poesía
es que no atisba al silencio
sino al aullido,
el aullido.
Lo más sospechoso
de la poesía
es que acciona
con el arte del silencio
el silencio.

El nadador - H.V.Temperley


Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y las de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arroyos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía al agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
tienen ruido de alas.