Registro realizado en enero 2019, en el Parque Nacional Los Alerces, en la Playa del Francés
LAGO SOBRE LA MONTAÑA
Ya comienza a rodar el poemario que fue manuscrito en una estadía itinerante en el Parque Nacional Los Alerces.
Los libros están cosidos artesanalmente. La primer tirada de 50 ejemplares ya fue agotada, por lo que se van a volver a reimprimir 100 más. Quienes quieran reservar uno pueden escribirme por acá o mensaje privado.
No quería dejar de agradecerle a mí tía y artista plástica que se encargó de realizar el dibujo del arte de tapa e interiores, Graciela Foucault y a su profesora Sandra Alonso. A la más inmensa fuerza de lo íntimo y amoroso, Claudia Oshiro que compartimos el sello fantasma y proyecto de encuadernaciones Carozo Tropical. Con quienes fui compartiendo mis inquietudes y están ahí en el taller de Vagantes Fabulae, Eric Taboada y Julieta Barbieri. Y a todos los amigues que están escuchando y leyendo versos que se van amasando en otras latitudes.
LA POESÍA ES UN ENSAYO ABIERTO
Entre cada trazo poético, una respiración, una pausa. El lector traza otra línea que vuelve a abrir al poema hacia un afuera que ya no corresponde al del escritor. Desacelerar el mundo para leer los signos que aún vibran.
Sueño en la pampa
Alguien
dejó la tranquera abierta
Y el
novillo supo escaparse
En la
madrugada
Cuando algunos
de nosotros recién abríamos los ojos
Y crujían
las maderas con los primeros rayos del sol
Que auguraba
un día templado
Para nosotros
y para el novillo
Que terminaría
en el lago
Bebiendo agua
con los pájaros voluptuosos del bosque
Gritamos su
nombre que no tenía
Pero no
hubo más respuesta
Que un
silencio abrumador
Era la
pampa
Con su boca
verde y amarilla
Que nos deglutía.
CRUZAR LA CALLE
Joven, puede ayudarme a cruzar
me dice ella que sabe mirar con los ojos del tiempo
mientras esperamos me agarra del brazo
cuando se aferran de esa manera
tengo la sensación de estar acompañando
a mi abuela a comprar el pan por la mañana…
Estamos suspendidos en el tiempo,
ella, yo, mi abuela, y aquel niño que fui
como quien dice los mantras del caleidoscopio onírico al despertar
sin quererlo soy otro en los ojos de ella
que se va agradeciendo a paso lento
y los dos un instante más cerca con la muerte.
me dice ella que sabe mirar con los ojos del tiempo
mientras esperamos me agarra del brazo
cuando se aferran de esa manera
tengo la sensación de estar acompañando
a mi abuela a comprar el pan por la mañana…
Estamos suspendidos en el tiempo,
ella, yo, mi abuela, y aquel niño que fui
como quien dice los mantras del caleidoscopio onírico al despertar
sin quererlo soy otro en los ojos de ella
que se va agradeciendo a paso lento
y los dos un instante más cerca con la muerte.
LLUVIAS CLÍNICAS
Aunque llueva
Con la mismísima lluvia que habita la luna
Y los pájaros quién sabe en qué rincón se esconden
Nosotros aún recorremos
Con la cueva nuestras miradas
Para atravesar los elementos ausentes
Presentes en su ausencia
Por ser vistos y no
La ventana y la jaula
La jaula de una única ventana
La ventana de una única jaula
Con la imaginación no se discute pienso
Y para qué intentar aplastar todo con la realidad
Aunque llueva hoy jueves
En toda la ciudad de Buenos Aires
Hay un sol en algún pájaro escondido
Y hay otro pájaro sólo en el sol escondido
En la amplitud de los instrumentos de plumas
Ella la lluvia
Atraviesa todos los pulsos
Y nosotros aún recorremos el rincón de las miradas.
Y los pájaros quién sabe en qué rincón se esconden
Nosotros aún recorremos
Con la cueva nuestras miradas
Para atravesar los elementos ausentes
Presentes en su ausencia
Por ser vistos y no
La ventana y la jaula
La jaula de una única ventana
La ventana de una única jaula
Con la imaginación no se discute pienso
Y para qué intentar aplastar todo con la realidad
Aunque llueva hoy jueves
En toda la ciudad de Buenos Aires
Hay un sol en algún pájaro escondido
Y hay otro pájaro sólo en el sol escondido
En la amplitud de los instrumentos de plumas
Ella la lluvia
Atraviesa todos los pulsos
Y nosotros aún recorremos el rincón de las miradas.
El dolor sólido
La sustancia
indisoluble
de la corriente
avinagrada,
esa vida que
no termina de estallar
ahogada en
silencios,
el extraño color
del dolor sólido
que no vibra.
Otoño lluvioso
Las cosas simples. Una mano que gira una llave. Un colectivo que dobla en una
esquina. Una lamparita que explota en un cuarto. Alguien que se queda dormido. Otro
que despierta. Llueve.
Entre ellas,
nosotros mezclados, con acciones cotidianas. Contemplaciones al tiempo. Detenciones.
En la casa
vacía quedan los gatos. Queda un reloj con las agujas trenzadas, como dos
cadenas que de tanto enredarse se rompen. Efecto paradojal de los laberintos y
las prisiones de uno. Efecto de la tensión. Hogar poblado.
Volvemos hirsutos,
con harapos y rostros chorreando sangre, mascullando aire por no hablar sin
traicionarse. Arrastramos con nosotros, el río que deja el guijarro en la
cascada y se vuelve agua estancada. De la bifurcación al rincón. Silencio.
Espejo empañado. Resonancia de sí-otro, piel de serpiente, muda del personaje
vibrátil, y la frágil superficie que se desliza en la montaña nevada lo cubre
todo.
noche de enero
ventiladores
de astas filosas
prendidas en la noche
asfixiante
el ritmo mortuorio
del ruido
peces aleteando
boqueando
en el hueco
de tu pecho
toda la ciudad es un puerto seco
lleno de peces moribundos
en la oscuridad
se ven las olas
que traen
siluetas
Volver de noche
Acunado por el traqueteo de las ruedas sobre el asfalto, despierto con la sensación de estar aterrizando en un avión. Los primeros golpes que da una tripulación al tocar tierra. Caigo en la cuenta de lo onírico inmiscuido en la percepción consciente y me despabilo. Imaginar. Abro la cortina y veo el cielo estrellado de la pampa. En la lenta vuelta que atraviesa la noche, me permito asimilar la suspensión de los días. La pluma se arrima a la respiración del viento cuando acaricia al suelo y el vasto paisaje vuelve a nuestro trazo una soledad íntima.
A mis amigxs poetxs
Entran a la entropía del fruto
cayendo del árbol. Recolectores de los signos estropeados del sistema, ahí
vienen hambrientos, recorriendo la meseta árida de la civilización. Muerden,
buscan el veneno de su ser. La cáscara está blanda y la piel tiene la
sensibilidad de un anciano oriental. Los gusanos atraviesan el bardo sin ser
vistos por la oscuridad. Ríen. Lloran. Se encuentran abajo del árbol que alguna
vez supieron regar, para luego cortar, y hacer un fuego en una noche oscura, en
el principio de los principios, eterna. Ahora que están a la sombra y la pampa
entera llena de cercos, con tres acordes se entretienen mientras escupen la
semilla. No tienen nombres. Prefieren ser llamados por su nombre impropio.
Viento. Constelaciones. Sustancia filosa de una fragilidad consciente. Miran al
cielo pero no buscan Dioses. Las nubes componen y descomponen figuras con cada
sorbo de realidad. Están recortados para los que llegan desde el horizonte,
pero una vez cerca, a la par, proliferan en disturbios. Se pudren. Tienen
harapos de una obra yuxtapuesta al olvido. Nunca fueron enterrados pero siguen
viviendo el ritual de una muerte. Más acá está la bombilla de un mate que gira
y una tuca. La corteza y su sigla escrita con cuchillo. El asado tiembla sobre
las brasas. Están esperando a sus hermanos y sus hijos que continuamente no
llegan. Una parva desplumada busca el pellejo. A todo esto, ellos escriben y
leen, simultáneamente, y no paran ni de leer ni de escribir.
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