Una vez más lo encuentro

No saber más quién escribe,
ni a quién.

Una vez más lo encuentro
en la familiaridad
el desenfreno el referendo
y por todas esas influencias
buenas y malas
que el ambiente propicia
escribe en vibro y aún desafino
es que su canto huérfano
continuamente renace
en la escucha aprendiz
del apego al desapego
de las cosas que ama
para como pluma sin plumaje
en soledad deletrear
las huellas de pasos en el aire
porque la hoja
se torna un torno de luz
en un instante
cuando caen atentos los ojos
o cuencos del oído
de la parva en revuelo
y como una locura lúcida
traza tatuajes de pavos reales
            deletreables
en el fondo frondoso de una selva
que aturde con su nombre
y en camuflaje de guerra
como serpiente oriental
casca con su cascabel
a las tensiones del mundo
y emerge en la lengua
al ras de un beso endemoniado
un jardín plagiado
de dioses moribundos.

Fragmento

Un ángulo capcioso
cernido por la luz
de vestigio
se vuelve
recuerdo
insoluble.

Memoria de instantes
que pierde sus bordes
estando

en la carpa,
un sueño arácnido
se infiltra
como un hilo
de hormigas rojas
y corrompe
la tranquilidad.

Tejedoras de orillas
prenden fuego
los papeles,

el barco carguero
permanece
intacto,
espera

la señal del puerto
para volver.

Nuestro mar
plagado
de líneas,
parábolas
anónimas
que parafrasean
al silencio

hoy
nos toca

vivir.

Lluvia de verano

Patinan las ruedas
            desgastadas por el pavimento
            caluroso de enero

hoy que llueve
            como después de un desencuentro
suelta y deja caer
lo acumulado

y todo quiere ir más rápido
            que de costumbre
y nadie mira a los ojos al otro

casi un accidente
            se aproxima
            cada vez más
al acto
            se presiente en algunos corazones
el choque de cuerpos
no sé cuántos
sino su sangre
pronto charco llanto ambulancia

y así fumo
            palpitando con el cigarrillo
            bajo el techo de un kiosco
lo que me da el paisaje
lo que inunda.

Dosis de canto

¡Que desgracia infantil!
¡Aún vivimos en la noche despiadada
del silencio!
¡Una tormenta cierra las ventanas!

Una dosis de canto
nos salvaguarda
de caer en el filo asfixiante del insomnio.

No estamos solos ni acompañados,
vamos con la sombra
del otro
al entierro mismo de la distancia.

Nuestras manos arrastran
cadenas y plumas
con el mismo ímpetu
en que el cosechero recoge
ganancias ajenas.

Riada de fuego

Acá estoy alucinando en la riada de fuego
en la existencia purpúrea de unas manos ajadas hace tiempo
de tanto elevar voces en donde antes sólo había pesadilla de silencios
y crecen en mis vocales el hoyuelo de una sonrisa
junto a las fragancias rudas de un par de alas diacrónicas
y en sí mismos los cántaros desconforman la circularidad
de un hueso que sostiene el altar con mi nombre
en donde una llama inextinguible ilumina el rincón para la ceniza.

El azar del fuego

Resbalar entre influjos de vertientes cósmicas,
portales en donde ruedan los dados sin caer
donde ya no alcanza con cruzar los dedos
y entre los hilos flamantes de una mutación
nadar la inasible sustancia de una lengua en llamas.

9 de julio

Las bombas de estruendo vuelven a caer sobre la avenida. Nunca dejaron de caer las bombas, porque las pesadillas y los traumas tienen cosas en común, y los espasmos del estruendo son parte de sus efectos. A algunos les gusta ser propietarios de la velocidad y les molesta los cuerpos que vienen a interrumpir el flujo. Son las ruedas, sobre el cemento que tiene nombre y velocidad máxima, las que buscan en la inercia su giro. Transitan las calles en el rodar del sistema financiero, y por nuestros espacios públicos tiran las balas de desidia. Aquellos que se molestan porque no pueden circular libremente, no conocen el hambre de querer detener el mundo. Se viene el 9 de julio y está bueno recordar que no somos independientes aún. Hay hombres que manejan de manera impune, sus armas y funciones, y liberan el tránsito para que la rueda financiera siga andando. Hay otros que buscamos detener el mundo, para no repetir la fuerza del terror. Los amarres de la colonización, la disciplina y el control que operan sobre nosotros deben ser cortados en conjunto.

Niebla porteña

Una niebla inmensa avasalla al paisaje en Buenos Aires. El frío pisa fuerte entre las baldosas porteñas y a su lado, una ola de desinformación constante me perturba. Quiero amanecer con el tridente entre mis manos y salir a caminar por el infierno. Se está prendiendo fuego todo. ¿Es niebla o humo, gases o lluvia ácida? El apocalipsis cotidiano. El intentar renacer cada día, para no morir en el encierro. El mundo tiene puntos de influjo, huecos de saturación y líneas cósmicas, entrelazadas para nosotros como en una pintura barroca del siglo XXI. La estética de la pantalla es la desmesura de una boca que perpetúa su hambre de dolor. Lluvia y escupitajo no son lo mismo. No es una cuestión de la naturaleza. Es el imperio en su dimensión de ameba, avanzando por los aires, pegoteando en mi ventana el color gris. Y acá yo, en la cocina, intentando hacer de estas un trapo para limpiar la suciedad compartida.

Soliloquio desvelado

Es simple,
agarras una palabra
y la estrujas
como si fuera una fruta,
un trapo.
Es simple,
absorbes el jugo
la sangre
de las cosas 
que dejan rastro
en el mundo.
Se llama
el placer.
Y en ese mismo encuentro
la palabra
se vuelve el punto
para entrar en contacto
con otra serie
de rastros
que no tienen forma
aún.

Horas desveladas 2

Seguimos escribiendo porque estamos inconformes. No sólo con lo que dicen del mundo, sino también con lo que nosotros hemos dicho. Cuando estamos conformes, nos embriagamos y todo vuelve a comenzar. Pero no vivimos en un círculo, sino en un espiral que larga el olor de algo que se está cocinando.

Nuestra boca está embebida de la sustancia de un caldero de alquimistas que mezclan las lenguas de los fantasmas, con la de los pueblos, los animales y los objetos del mundo.